¿QUÉ HAY DETRÁS DE LOS AMANTES PASAJEROS?

Tal vez no estemos ante la mejor película del cineasta, y por supuesto, ante la mejor criticada. De hecho desde hace exactamente 22 años no escuchaba ni leía comentarios tan negativos ante un film de Pedro Almodóvar. Aun así, considero que es una historia que puede ser vista, juzgada e interpretada desde dos puntos de vistas totalmente opuestos: el del que no ve más allá de lo que hay antes sus ojos, y el de aquel que disfruta del cine con espíritu crítico y por supuesto, mucha imaginación. Si nos situamos ante el primer prisma, entiendo que se defina a “Los amantes pasajeros” como lo peor que ha hecho Almodóvar desde Kika, pero en el caso opuesto, no sólo considero, también aseguró que en no mucho tiempo, Los amantes pasajeros será recordada como una de las piezas de culto más excéntricas y valoradas de su obra.

Como me inclino más hacia la segunda postura, no veo esta película como la historia de un avión que da vueltas buscando una pista sobre la que aterrizar, sino como un repaso a la conciencia de unos personajes que “purgan” en lo más profundo de sus culpas, y como un intento de los mismos por perdonarse a sí mismos, y a ser perdonados por los errores cometidos.

La trama comienza con el movimiento de unas hélices, que a modo de elipsis nos introducen en un sueño, el de una clase turista que no duerme en realidad porque las azafatas les han dado un relajante muscular (si fuese así sería aún surrealista). Este sueño representa la desaparición de escena de una clase media que el director quiere obviar en su historia, para centrarse de lleno en una clase alta que queda por él ridiculizada. De este modo, mientras la mayoría de los pasajeros duerme, los pocos integrantes de la clase ejecutiva nos muestran sus ridiculeces, manías, miedos, ambiciones y deseos más ocultos, todo ello moderado por tres azafatos homosexuales y muy excéntricos que también tienen mucho que confesar. Ellos son testigos de los relatos de sus pasajeros y de todas sus confesiones: una actriz fracasada convertida en prostituta que chantajea a personalidades políticas, un político corrupto que trata de huir del país, un actor de segunda que siente remordimientos por haber hecho sufrir mucho a más de una mujer, una especie de medium que asegura oler la muerte en todo momento, un asesino a sueldo que pretende retirarse, y un recién casado fanático de las drogas de diseño que contribuye a drogar y a que se forme una de esas orgías en el aire que seguro que marcarán la historia de nuestro cine.

Bajo mi punto de vista, el vuelo de la compañía Penínsular, constituye la misma antesala a un más allá al que todos los personajes se dirigen sin ningún tipo de contemplaciones, el altar de uno de los azafatos nos da una muestra de ese escenario “religioso” al que nuevamente Almodóvar pretende criticar y ridiculizar. Del mismo modo, el Aeropuerto de Castilla La mancha podemos definirlo como el mismo cielo al que, como dice Bruna, personaje interpretado por Lola Dueñas, todos llegan siendo un poco mejores que cuando el avión despegó de Madrid. De hecho, la espuma sobre la que todos caen al bajar del avión representan las nubes celestiales entre las que una pareja de homosexuales, Benito y Ulloa, interpretados por Hugo Silva y Raúl Arévalo dan rienda a sus instintos.

La iluminación, pese a la modestia y sencillez de la puesta en escena, es una vez más intachable, y como es habitual en el cine más almodovariano, los colores intensos, especialmente el rojo, dominan los decorados, mediante simples objetos como maletas, prendas, el simple atrezzo que forma parte de los escenarios, aunque se da más importancia en este caso al color azul.

Como comentaba, la puesta en escena es siempre sencilla, quizás incluso se exceda en esa falta de complejidad a la que estamos acostumbrados en sus películas, pero los planos secuencia combinados con ese excelente uso de la profundidad de campo vuelven a definir ese estilo excelente, creativo y único que tiene Pedro Almodóvar cuando se dispone a dirigir, y ello compensa lo simple. La presentación de la película durante los créditos sí que la considero algo extrema en simpleza.

Es (como no) un relato en el que reina lo subliminal, dado que el sentido real y auténtico está en todo ese subtexto que no se ve. Una historia en la que el sexo vuelve a cobrar importancia capital, y un desenfreno cargado de acidez que tal vez era necesaria después de producciones tan dramáticas, complejas e impactantes como Los abrazos rotos y La piel que habito. Quizás el tono (homo)sexual de la historia sea algo cargante: la mayoría de los personajes son homosexuales y ello puede descentrar un poco la temática central . Pero personalmente considero que es un refuerzo más para mostrar la hipocresía de unos indivíduos que viven “ocultando” y “engañando” a los de su alrededor y deciden pedir disculpas y ser finalmente ellos mismos antes de morir.

Un limbo en el que todos mejoran como personas, totalmente de acuerdo.

Juan J. Fuentes,

Redactor Fílmico 21

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *